febrero 22, 2007

Otro

Después de matar al perro, el otro perro vuelve con el hocico embarrado de sangre. Y en tu barba de kiwi adiviné la forma de su sexo, el calor de sus piernas abrazando tu cuello. Te besé otra vez. Sí, hace apenas un par de horas, concluí.

Un dolor se apacigua con otro, y cuando entrabas en mí martilleándome y yo te recibía como a un muerto lo recibe el agua, era como si entre los dos intentáramos lijarme el dolor de no estar con él. Yo hubiera querido hacerme cortes de navaja, en el hombro izquierdo, en los brazos, detrás de mis rodillas, pero tú llegaste primero y así empezamos a dolerme. Tuve que apretar los labios porque el dolor para mí es un verbo reflexivo y en la cama redonda y el hexágono de espejos que nos rodeaba no hubiera querido que mis gritos rebotaran en mi cuerpo. Gracias a dios no nos mirábamos las caras, gracias a dios cogimos como si bailáramos de cachetito, porque no quería que me vieras llorar, que sintieras mis sollozos, marinos bajo tu galope.

febrero 21, 2007

Cabeza

Entrelazados, desnudos, descansábamos en tu cama. Me acariciabas y me hacías estremecer. De pronto, como a una barbie, me quitaste la cabeza del cuello: ¡pop!
Miraste mi cuerpo y mi cuerpo miró tu mano soteniendo mi cabeza.
–Dame mi cabeza –rezongué.
–No la necesitas –me dijiste.
–Sí la necesito. Sin ella no te puedo besar. Dámela. –Me la diste y traté de ponérmela otra vez. Ya no me quedaba. Me distrajeron tus manos recorriendo mi cuerpo y la dejé por ahí para poder tocarte también. La escuché rodar por el suelo. Besaste tanto mi cuello que le brotaron unos labios para poderte besar de regreso.
–Ah, ¿verdad que ya no la necesitas? –me dijiste.

Estoy triste, siempre haces estas cosas.