Los Agonistas
Al del cuerpo impaciente y la sonrisa a flor de piel…
Estamos entre dos mares.
Acostados sobre la arena.
El viento nos cubre con su aliento de sal y algas,
abriendo, más que vistiendo la piel.
Los peces nadan por nuestros cuerpos,
navegando por los muslos,
respirando nuestra vida.
Las olas lamen nuestras ruinas.
Somos rocas.
Tú en tu mar. Y yo en el mío.
Acaricio tu rostro con mis manos
Y borro los surcos de tu frente
Y lleno el abismo de tus ojos con la arena,
con la arena que me arranco del vientre.
Y sello tu boca con mis labios.
Y tú ya no eres tú,
Eres todos los hombres,
Todos mis hombres.
Tu cuerpo son todos mis recuerdos.
Nuestras espaldas son peñascos donde las olas chocan.
Fuerza que quebranta la frontera infranqueable
entre tu cuerpo y el mío.
Con tus dedos trazas un círculo en mi pecho,
Y abres un agujero por donde mi alma escapa,
Alma hecha paloma que se posa en tu hombro
Y me ve,
Horrorizada
Y se echa a volar hacia el sol agonizante de la tarde.
Y yo ya no soy yo,
Ni soy todas las mujeres,
Ni todos tus amores.
Lívida, casi muerta, me tomas en tus brazos.
Tu pierna sobre la mía.
Mi sexo frente al tuyo.
Me das de beber de tu aliento,
Del semen que brota de tu sexo
Serpiente de agua y sal
que busca su fatal destino
en el misterio de mi cueva:
rincón del ser donde se desmoronan los sueños,
donde la soledad comienza…
donde nace la muerte de poseerte y no albergarte.
Con cada vaivén,
con ese ir y venir de olas,
y de cuerpos,
se alborota la marea.
Tu mar penetra el mío,
mi mar abraza al tuyo.
Nuestras olas se confunden
en un solo y solo mar.
Y nos van desvaneciendo de la arena.
La espuma es nuestra mortaja,
El mar nuestra fosa,
Y el horizonte nuestro destino:
Somos las estrellas más distantes y oscuras de la noche,
De la noche de los tiempos.
Yo en mi Tiempo…
Y tú en el tuyo.
octubre 09, 2006
Un cuento en verso
julio 26, 2006
Anoche
Es de noche. Me encuentro en un extremo del lago y alguien detrás de mí, una figura un tanto obscura y deforme, me ordena subir a una balsa. En ella hay varias mujeres, tal vez son cuatro o cinco, todas con una expresión de profunda y negra melancolía. Un hombre me ayuda a subir a la balsa, parece ser el jefe. El chulo. Me siento al lado de una morena muy joven, tal vez apenas una niña, que me dirige una lúbrica sonrisa como toda respuesta a mi saludo. No se vuelve a dirigir a mí durante la travesía. No sé lo que hago ahí, pero no estoy asustada, tan sólo tengo un poco de frío. Llegamos al extremo opuesto del lago y, sin que yo advirtiera el momento preciso, el alcahuete había sufrido una metamorfosis. Se había convertido en una hermosa mujer. Estaba desnuda, hierática como una estatua de mármol. Parada frente a nosotras da la impresión de ser inmensa, iluminada majestuosamente por la luz de la luna parece un ser fantasmagórico. Pero no un ángel, sino un bellísimo demonio. Con un tenue movimiento de su rostro, les ordena a las otras mujeres que se bajen de la balsa. Lo hacen silenciosamente y de la misma forma, y con la misma diligencia, se dirigen a la suntuosa residencia, la única construcción que se vislumbra en el horizonte. A lo lejos se escucha el bullicio de la música, de las risas histriónicas y del coro desenfrenado de los gemidos orgiásticos, orgásmicos. En la balsa sólo quedamos ella y yo. Me levanto y me acerco a la extraña mujer, que me atrae con su sensualidad mítica, con la turgencia de sus abismales curvas. Ella trata de detenerme pero yo no la obedezco. Me paro frente a ella, siento la agitación de su cuerpo. Y la afloración de mi deseo. Me despojo del leve vestido que cubre mi cuerpo. La miro, la admiro. Me hundo en sus ojos, en la negrura infinita de su mirada. Levanto mi mano y toco uno de sus senos, lo acaricio, lo estrujo, lo aprieto entre mis dedos como si fuera un fruto al que deseara exprimir todos sus jugos. Tomo su pezón entre mis dedos y lo excito. Se pone firme. Nos estremecemos. Acerco mis labios a los de ella y los beso suavemente, como pidiéndole permiso para que mi lengua pudiera explorar el misterio de su deliciosa boca. Ella no logra contener más su deseo, al fin y al cabo esa es su profesión, y me besa con brusquedad, tratando de fundirse con todas sus fuerzas a mi ser. Abre mi boca con la suya, muerde mis labios hasta hacerlos sangrar. Entrelaza su lengua con la mía y bebe mi aliento. Se va consumiendo en mi ser. Y yo me voy abrasando en su fuego. Sus manos no acarician mis hombros sino que los devoran, dejando como huella de su febril trayecto los rasguños rojos de sus uñas rojas. Trazan un mapa delirante de cruces y líneas en mi espalda. Me arden sus caricias, pero el dolor me hace buscar el placer en los lugares más indómitos de su ser, en los rincones más oscuros de su piel, en el infierno celestial de su cuerpo. Sus manos descubren mis nalgas, las moldean como si fuera arcilla. Uno de sus dedos se hunde en la profundidad caliente que los separa. Se balancea de mi sexo derretido, excitando a penas mi clítoris ya erguido, a mi palpitante culo, imitando el suave vaivén de la balsa. Gemidos entrecortados escapan de mi boca, como eco de aquellos que se escuchan a la distancia. Acaricio su cara, quemando su perfil en la palma de mis manos. Todo mi cuerpo está en llamas, me he convertido en una lúbrica tea. Cojo mi sexo con furor. Mis dedos salen empapados. Tomo el de ella y lo encuentro hinchado y mojado. Latiendo como un animal desbocado. La tumbo al fondo de la balsa. Quiero saber lo que es ser ella, quiero que sepa lo que soy yo. Separo sus piernas y sus muslos me abren su sexo, que se desvela como un sol fulminante. Quedo enceguecida. Aspiro su aroma para guiarme hacia él, para abrirme el camino. Me derrumbo sobre ella, me rodea con sus piernas y me atrae hacia su cuerpo. Finalmente seremos una. Y la penetro con mi duro e hinchado pene imaginario.
Sus gemidos delirantes me despiertan. Estoy en una cama que no es la mía, en un lugar desconocido. Estoy sudando, las sábanas se me pegan como una segunda piel. Estoy desnuda. Volteo, y encuentro durmiendo a mi lado a un extraño. No logro reconocer su rostro. Su cara es como una hoja en blanco. Los gritos de placer de la mujer de mi sueño todavía resuenan en mi mente. Está a punto de estallarme la cabeza. Despierto al extraño y le pregunto que quién es. Me dice entre dientes que se llama René, se da la vuelta y se vuelve a quedar dormido. Y entonces recuerdo, porque su nombre no me dice casi nada. Lo conocí la noche anterior en un bar y nos fuimos a su departamento cuando dejaron de servir alcohol, ya en la madrugada. Había bebido mucho. Martinis. Era la primera vez que los probaba. No recuerdo más. A penas me levanto de la cama y siento que mi sexo arde como un sol. Me duele caminar. Como puedo recojo mi vestido y mis zapatos, y me voy vistiendo en el camino hacia la puerta. No veo mi bolso por ningún lado. Lo busco desesperadamente, quiero salir cuanto antes de ese lugar. Finalmente lo encuentro en la mesita de la entrada. Salgo. No me despido del extraño, tampoco quiero saber lo que en realidad pasó anoche con él. Porque sé que nada pudo haber pasado: anoche estuve en una balsa, haciendo el amor con una mujer tan profunda como el sueño, tan ardiente como el astro luminoso y tan enigmática como esa noche.
La única realidad es la de los recuerdos. Y la extraña mujer es lo único que ha escapado al olvido de esa noche. El hombre llamado René jamás existió, horas después ya ni siquiera lograba recordar su rostro. En cambio, el cuerpo de la mujer quedó grabado en mi piel.
marzo 03, 2006
Tunisian Fantasy o El Orgasmo Cósmico del Jazz Latino
Escuchar a la trompeta de Dizzy Gillespie creando las primeras notas del jazz latino es adentrarse en un paraje por demás extravagante: es un carnaval de los sentidos, donde el ritmo exótico y tribal de la sensualidad latina se une a la cadencia alegre, explosiva e impredecible del jazz. Sólo en la trompeta torcida y en los cachetes inflados de Dizzy se pudo dar esta atrevida fusión: unión temeraria no por el posible fracaso musical, sino por el irrefrenable extravío de los cuerpos que producen las notas ardientes, excitantes, insinuantes, apasionadas del jazz latino.
El jazz latino es una noche de fiesta tropical a orillas del mar. con faroles chinos de mil colores alumbrando tenuemente de palmera en palmera. con frescos mojitos y embriagante ron cubano. con mujeres de faldas diminutas y piernas largas, vistiendo blusas cortas y ceñidas o desvistiéndose de ellas. con pieles adornadas de oro, que despiden sutiles aromas de incienso y mirra. con fogatas cuyo fuego son lenguas que saborean la noche y bailarinas que se contonean al son de la marea... son hombres y mujeres haciendo el amor al ardor de sus propios cuerpos. con olas que lamen la playa y se aferran a la arena en un abrazo tan ansioso como efímero, dejando un olor a algas y a sal. con hombres tostados por el sol e iluminados por la luna, olorosos a especias y a madera mojada. con vientos cálidos y dulces como el azúcar, que levantan las faldas como niños traviesos... que tocan los muslos como jóvenes curiosos... que besan la piel como amantes experimentados... pero que acarician el alma como sólo los hombres oníricos saben hacerlo. con cocos de piel tersa y carnosidad dulce y jugosa. con cuerpos voluptuosos que bailan ritmos primitivos para cautivar a otros cuerpos y unirse a ellos en un solo movimiento... en un solo abrazo... en un solo deseo. Noche de amores sin preludios, ávidos de seducción intensa como misteriosa. de cuerpos extraños e impregnados de deseo inagotable, de fantasías insaciables, de excitaciones infinitas. de sentimientos sinceros aunque ficticios... mas de futuro certero: el paroxismo de la noche, ese orgasmo que desintegra los cuerpos, estremece el horizonte del deseo y vuelve eterno el amor de un instante.
... y al fondo, siempre al fondo, la trompeta torcida de Dizzy penetrando el sexo de la noche, seduciendo los sentidos de las flores pudorosas que se cierran a los placeres nocturnos, intoxicando de deseo a las sombras, adorando la carne desnuda de las estrellas y de las vírgenes de medianoche... como una divinidad erótica, hecha a imagen y semejanza del orgasmo cósmico.
septiembre 01, 2005
Menage a trois
Faltaba el jazz. No podía hacer el amor sin escuchar jazz. Se deslizó de entre los brazos y las piernas de su amante, descubriendo su cuerpo moreno de la tibieza de las sábanas. ¿Qué pasa Mariana?, le dice Pablo desde la cama. Me falta el jazz, pondré algo de Miles le contesta ella al tiempo que se dirige al tocadiscos. Mientras repasa los discos del estante, Pablo acaricia con su mirada la desnudez de su cuerpo: un calor que un instante antes todavía sentía abrasar su piel, doloroso y excitante. Coloca el disco en la charola y espera, anhelante, las primeras notas. La trompeta de Miles surge del fondo de la noche, de la noche que es ella, con un ritmo suave y tímido como un amante infantil. Mariana busca los ojos inmensos de Pablo. Los invita como testigos de un baile íntimo en el que sus manos van reinventado las curvas y concavidades de su cuerpo. Se balancea sobre sus pies, contoneando sus caderas como una lengua de fuego avivada por la brisa húmeda y salada del mar. Su mirada gozosa penetra la de su amante, así como las notas profundas de la trompeta van adentrándose en su cuerpo, recorriendo sus venas, enardeciendo sus delirios con una sensualidad incontenible, desbordante, contagiosa. El incendio que es su cuerpo se va expandiendo hasta impregnar todo el cuarto de sí, un movimiento cromático y polifónico que Pablo puede ver, puede oler, puede escuchar, pero no puede tocar. Ella en la inmensidad plena de su soledad deliciosa. Él allá acostado, inmóvil, lejos de su placer, hipnotizado por la sensualidad de su amante. Mariana recorriendo sus hombros con las yemas de los dedos, dedos que se precipitan a buscar el centro excitado de los senos, que bajan pudorosamente por el vientre, deleitándose morosamente en el ombligo, y en un arranque de febril deseo galopan enloquecidas por las caderas, por las nalgas, por los muslos, retardando el encuentro abismal con el sexo. Exploran el misterio que se esconde tras los pliegues encendidos, suaves, exasperados, viaje para el que se prepara Pablo, anhelante y amoroso, calentando su cuerpo con la fantasía que Mariana está tejiendo frente a él, esperando que termine esta red lúbrica para acercarse a ella y dejarse envolver en el ritmo húmedo y tibio de su piel.
Ven, ven, ven, le implora Pablo desde el horizonte de su masculinidad. Mariana no lo escucha, su voz se mezcla con los sonidos de la música, un jazz vertiginoso que la sumerge en el sueño de su propio erotismo. El amante salta de la cama como un toro dispuesto a embestir al novillero que lo azuza. Se acerca con pasos de desesperado. Mariana deja de bailar y se queda observándolo, admirando ese cuerpo hermoso. Ríe. Pablo la envuelve en un abrazo encendido, sus manos gruesas sobre las nalgas suaves de Mariana, acariciándolas al tiempo que las presiona para que sus cuerpos queden fundidos en un solo ardor. El fruto henchido y caliente de Pablo persigue la fantasía húmeda y electrizante de Mariana. Sus cuerpos entrelazados se cosen a fuerza de besos y caricias. Las piernas de él separan los muslos de su quimera, en su afán de ensanchar el camino hacia el paraíso encarnado. Ella lo detiene y le susurra al oído, sobre la música, quiero sentir el sonido vibrante de la trompeta subiendo con nosotros. Pablo la levanta, las piernas y los brazos de Mariana rodeando su torso, las piernas y los brazos de él llevándola al origen mismo de la trompeta provocativa y sensualmente vertical de Miles. Las notas son cada vez más altas. Se balancean en el sexo de Mariana como niños sobre columpios. Pablo se siente fundir en esta música vaginal. Es instrumento y público al mismo tiempo. El jazz es cada vez más profundo. Los amantes son cada vez más uno solo. Pablo cabalga sobre las notas. Mariana palpita con los movimientos trepidantes de la trompeta. Sus gemidos se mezclan con el aullido ágil y ligero de la música. Todo el cuarto vibra. Todos ellos se estremecen. Miles toma aire para el último fraseo. Los labios están hinchados de tocar. Todos los dedos ya tensos de presionar, se resbalan por los cuerpos sudorosos y brillantes. Miles sopla desde el centro candente de su sexo, y de la trompeta emergen dos cuerpos entrelazados, centelleantes, infinitos, que salen de la música y rompen la habitación para perderse en la oscuridad de la noche. Alucinado, deja de respirar. Mira la trompeta, acaricia su cuerpo, sus curvas, sus concavidades, ve su reflejo en sus pupilas, sonríe... y continúa amándola hasta el final de la noche.