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septiembre 17, 2006

de segunda mano

The carpet, too, is moving under you
And it's all over now, Baby Blue.

yo no estaba ahí contigo. yo no era el que miraba el cabello suelto, vestido corto y zapatos extranjeros. yo no había sido invitado a esa fiesta en un jardín gigante, con una casa en el centro y una pequeña palapa en la esquina, como lo recordaba de una noche antes. alrededor los mecheros que expiraban olor a aceite, suave en comparación con el hedor a cigarro del que te habías impregnado.

yo no estaba sentado en la silla de al lado y tampoco te contaba al oído un pequeño relato. uno gracioso como para desconectarte del ritmo de la música, para que te hubieras reído. yo no podía temerle, yo no los estaba mirando. yo no vi el roce accidental de su boca y tu risa suelta con las cosquillas y no tenía presente el tiempo que se estaba haciendo más largo.

yo no te vi tumbar con la barbilla uno de los tirantes, dejando pasar las llamas a tu hombro por un momento. yo no vi sus ojos crecer; estaba en otro lado, en otro tiempo. yo no escuché las palabras para invitarlo a un lugar más cómodo, aquel sillón a la mitad de la cochera o ese ensombrecido pedazo en el jardín.

yo no estaba en medio de los dos, ni detrás de ti. yo no olvidé tu nombre, no era él. yo no probé tu piel de humo, yo no pude morder los huesos de tu cadera. yo no sentí las sábanas de la cama color menta; ya me las había llevado. yo estaba en mi sala, en mi oficina, en mi carro, en mi escritorio con la primera tapando los recuerdos, y como si fuera tu cuerpo, la segunda mano.

marzo 16, 2006

pan de cada día

"this is birth and this is death
all in the same breath"
-- jason collett, we all lose one another


lunes en la mañana, no me puedo levantar. suena el despertador y lo desconecto. la semana pasada estrellé uno contra la pared. me siento en la cama. lloro. ¿cómo voy a conducir así? encuentro un cabello largo entre mis sábanas y desvarío. me tropiezo cuando voy al baño. quince minutos me tardo en la regadera. no puedo mirarme, no puedo tocarme. dejo que el agua resbale.

martes en la tarde, calor de mierda que hace para ser abril. comiendo pasta otra vez. siento la piel pegajosa. muero por tener un pedazo de carne en el congelador. y por un lugar con vista al mar, a las montañas, o inclusive a la calle. todo menos un edificio con vista a otro edificio. miro para afuera. prendo otro cigarro para que se me vaya el hambre.

miércoles a todas horas, el hindú me persigue. me esperaba en la puerta cuando salí por unos cigarros. no sé cómo el guardia no le dice nada por estar ahí tanto tiempo. miro los tendederos que cuelgan cerca de mi cabeza y pienso lo fácil que es pasarse de un lado a otro. como en rayuela, con un tablón y con algo de esperanza. después de un rato ya no veo al hindú. me duelen los dientes. camino sin rumbo durante mucho tiempo.

jueves a mediodía, qué jodida vida. tengo la última cerveza en la mano y no me sabe a nada. estoy desesperado, tengo comezón en el pecho. mi plato está vacío desde ayer. miro por la ventana y sus piernas. quisiera no hacerlo. pone un pie encima del buró y desliza el rastrillo por su pierna. sube hasta la rodilla, baja y vuelve a empezar. me hipnotiza, como el lunar que nace en la comisura de su labio. voltea hacia mí y sonríe. como un millón de velos. se recoge la falda un poco más. las cortinas abiertas de par en par en su piel oscura. de alguna forma sé que mañana me arrepentiré.

viernes en la madrugada, no hay nada en la tele. la vista perdida. estoy cansado, quiero dormir. los escucho desde mi departamento. la escucho. finge, lo sé y ella también. su voz está en todos lados. siento que las paredes tiemblan, que se me vienen encima. sudo y tengo miedo. levanto el auricular del teléfono. hay silencio.

sábado a alguna hora. el pinche hindú no se calla. me encontró en la parada del autobús y lo traigo pegado desde entonces. lo ignoro, y camino rápido considerando las bolsas que traigo. la casa está hecha un desastre. meto las botellas al refri, el agua a calentar. cambio las sábanas por nuevas pero todavía me siento sucio.

domingo ya tarde, ella está dormida en su sillón de la sala. volvió a dejar las cortinas abiertas. tengo que ir en la mañana a buscar trabajo en la penitenciaría. ahora o nunca. estoy segro que será uno de esos días donde todo acabará igual. la casa oliendo a cigarro y los platos sin lavar. ella liada en algo menos etéreo que lo que yo hubiera pensado. insoportable línea que hace su cuerpo simétrico y el centro carmín. cierro los ojos. el tiempo se pierde en el aire que entra por la ventana.

septiembre 10, 2005

El perfume

who's seen jezebel?
she was born to be the woman we could blame
make me a beast half as brave
i'd be the same

-- jezebel, iron&wine

I.

Se miró en el espejo del baño y vio su larga cabellera que acababa justo a la altura de los hombros. Tenía un pronunciado escote que entreveía el comienzo de sus senos, y tan sólo unos delgados tirantes que impedían que éste se moviera de su lugar. Sus ojos eran verdes, combinando con su blusa, y su piel blanca y pura. El cuerpo era perfecto, simétrico, hermoso… pero había algo que se imponía al reflejo. Un olor que lo provocaba. Un punto que sentía latir fuertemente. Lo que parecía ser el centro de gravedad de su cuerpo.

Asegurándose que no había nadie a su alrededor, entró con apuro a una de las cabinas, y cerró la puerta. Se sentó en el retrete, tiró los libros y la bolsa a un lado, y metió su mano a sus jeans, por debajo de su ropa interior, para palpar esa humedad tan tibia en su cuerpo. Introdujo lentamente la punta de su dedo, y sintió cómo sus pezones se erizaban y rozaban contra la delgada tela de la blusa. Envuelto en una sensación que hasta ese momento se le había negado, ahogó un grito de placer en su garganta y abrió los ojos para ver al guardia venciendo la puerta de golpe.


II.

Cuando alguna de las mujeres soltaba una grosería, Jesús se tocaba la punta del sombrero en señal de agradecimiento. Lo llamaban estúpido, pendejo, imbécil porque a todas se les quedaba mirando libidinosamente. Desde la banca se comía sus cuerpos, comparaba sus cinturas y quedaba hipnotizado por el breve espacio que separaba un muslo de otro. Hasta a la más gordita le encontraba el punto. Pasaba una muchacha alta, de cabello cenizo largo, vestida de falda y de blusa de tejidos folklóricos, y se daba el lujo de pasar por encima de su persona y decir cuáles partes de ella valían y cuáles no. Sus amigos se divertían con él burlándose de las estudiantes que pasaban en cada cambio de clase, siempre en el mismo pasillo, como era la tradición. Clasificar el pinche ganado, decía uno, apretándose la hebilla de sus vaqueros.

Esa vez Jesús cometió el error de mirarla a ella. A ella, la más rubia de todas, la más sensual de todas. La del vestido más sencillo, los senos más perfectos y las nalgas más redondas. La del pubis más escondido. Jesús murmuró a sus amigos todas las cosas que haría si tan solo tuviera la oportunidad, y ellos soltaron una carcajada. La buscó con los ojos, le sonrió con lascivia, y ella le regresó la mirada. Se puso nervioso cuando veía que se acercaba a él, moviendo sus caderas, con los libros en una mano y la bolsa en la otra. Se inclinó hacia su oído y le dijo unas suaves palabras. Alcanzó a oler por un segundo un sutil perfume de mujer que le nubló la mente por completo.

Cuando recobró la conciencia, Jesús ya no estaba en su cuerpo.

junio 14, 2005

murmullo

para s. alemán.

we won't always be safe here
but this is where we reign.
pull it tight to protect us.
we might never sleep again.
-- turbulence, arab strap


el escuchar las tres suaves sílabas de su nombre eventualmente le iba a doler como pocas cosas en la vida. ni siquiera estuvo segura en un principio por qué había volteado. ella era la que se había ido, ella era la que había roto las fotos, e inclusive el diálogo. con la sola concentración en su sonido interior –el sonido natural de su cuerpo– le hubiera bastado para evadirla esa tarde en una plaza cualquiera de la ciudad.

se acercó a ella y le mostró involuntariamente lo poco que había crecido durante esos tres años. apenas si la sombra de los pechos comenzaba a asomarse. el cabello estaba ligeramente más corto. la falda de la escuela por fin se vencía alrededor de sus caderas. aún así, cuando tina la abrazó, quedó prendida del recuerdo, disuelto en el olvido de quien lo ha visto y sentido todo. era aquella seductora imagen del espejo: el calor de su cuerpo, de su pecho, y la pequeña capa de sudor que las cubría y las hacía desprender un olor a niñez insoportable. aquella que la había devorado lentamente, escarbando hasta la carne debajo de sus uñas y saboreando la frágil estatua de niña de sal. el pánico la dominó cuando su cuerpo quebradizo fue encogido contra su pecho. aquel abrazo incontenible, aquellas mordidas tan penetrantes a su cuello y su propio ardor en el estómago que la abandonaba en el único lugar humillante, que la disminuía a una nada, al haberse reencontrado con su opuesto e igual.

no hizo nada más que dejarse sujetar y poco a poco ser guiada por su voz, lejos del probable escrutinio de los demás. tina no podía preguntarle, no podía siquiera mencionarle la posibilidad siquiera, así que la sujetó cada vez con mayor fuerza. en algún momento desaparecieron entre las sombras de los árboles. susana se ahogó en su propio silencio. cómo podía impedir un abrazo. cómo mantener las piernas firmes y no quitarlas del camino. cómo rechazar la posición natural que si bien, no era susurrada al oído, era un murmullo familiar y entrañable. cómo no mecerse al mismo ritmo si éste venía de un lugar más certero que la memoria.

marzo 13, 2005

uno a uno

ay braulio, las cosas que serían si me pudiera arrejuntar más contigo. las ganas, las cosquillas de desgajarte la camisa por costumbre y saberte las puntas de los pechos caídos. verlos uno a uno.

te estás vistiendo y me pregunto si tus mujeres ven lo mismo que yo. la pelusilla oscura de tus piernas, de tus ingles.

hace unas horas busqué con la boca los lugares más salientes, las cornisas del cuerpo. nos encontramos y nos montamos a horcajadas, cadera contra cadera.

al oído me dijiste pierde el que se venga primero. a veces me gusta pensar que juntos cabalgamos hasta el horizonte y el silencio.

cuando salió el sol, yo seguía en vigilia. me moví despacio entre las sábanas para no despertarte. abriste tus ojitos negros, cansado pero sorprendido con el suave raspado de tu verga contra mi mano.

braulio, las cosas que en otro lado son verdad aquí nomás son puro deseo.

te zafaste de mí y buscaste tus cosas. no encontrabas tus calcetines y zapatos. yo sabía que estarían tirados lejos, a un lado del sillón.

te estás vistiendo, te pones la camisa, cargas los zapatos. me queman las marcas en tu espalda. abres la puerta. te miro hacerte el macho, braulio, ahogándome, siempre volviéndote más hombre.

yo débil y sin fuerzas sobre mí mismo, aun cuando tú también me sujetas debajo de las sábanas.